Hoy, a 43 años del conflicto, Toyos considera que es fundamental que las nuevas generaciones conozcan esta parte de la historia. Te invitamos a leer la nota completa.
En el marco del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, Diario Panorama entrevistó a Alfredo Rafael Toyos, un excombatiente que hoy reside en Santiago del Estero, pero que en aquel entonces partía desde Monte Caseros, Corrientes, dejando atrás a su esposa embarazada y a su hija pequeña para marchar a un destino incierto.
"Soy el Principal Toyos del Ejército Argentino, veterano de guerra de Malvinas, del arma de Ingenieros", se presenta con orgullo. Pero tras esa firmeza, su voz tiembla al recordar aquellos días de 1982 en los que el miedo, la incertidumbre y el deber se entremezclaban en una lucha desigual.
"Cuando nos movilizaron, mi señora iba a tener nuestro segundo hijo. Tuve que viajar a Santiago para reconocerlo y luego regresar a Monte Caseros. Desde allí, junto a 35 soldados, partimos en tren hacia Paraná, Entre Ríos, y luego en avión hasta Comodoro Rivadavia. Era un avión viejo de la Fuerza, que se descompuso a los pocos metros del despegue. Tomamos otro y finalmente llegamos a Malvinas sin problemas", recuerda.
El aterrizaje en las islas significó un choque con la realidad. "Hicimos los pozos donde nos refugiábamos en los ataques. Tenía 31 años y estaba a cargo de 35 soldados. Todos queríamos ir a Malvinas, veíamos pasar los aviones y nos entusiasmaba", cuenta, aunque rápidamente confiesa: "De día no tenía miedo, pero de noche sí. El que dice que no tenía miedo, miente. Uno piensa en muchas cosas, en la familia, en la vida".
Las condiciones eran extremas. "Comíamos un cucharón de sopa por día. Los militares no se levantaban a buscar la comida, así que debíamos llevar la sopa pozo por pozo. Nos las ingeniábamos con lo que había alrededor". Mientras tanto, los bombardeos eran constantes. "Los aviones enemigos nos atacaban durante el día, nos avisaban por radio para que nos tiráramos cuerpo a tierra. Caían bombas cerca, como si fueran rayos".
Pero no era solo la guerra contra el enemigo lo que los desgastaba. La falta de recursos y la precariedad eran el enemigo interno. "No teníamos uniforme en condiciones ni armas adecuadas. Algunos soldados estaban en zapatillas o con pantalones rotos". A pesar de todo, luchaban con el convencimiento de que podían resistir. "No teníamos otra escapatoria: era salir airosos, morir o quedar heridos".
El 14 de junio, después de 74 días de lucha, llegó la rendición argentina. "Sentí dos cosas: vergüenza y tristeza. Era como ir a rendir un examen y salir mal. El pueblo nos esperaba, gritaban cuando nos vieron. Lo único que queríamos era volver a casa y recuperar nuestras vidas".
Para muchos excombatientes, la guerra no terminó en 1982. "Nos decían locos, que habíamos quedado trastornados. Y sí, volvimos distintos, porque nadie vuelve igual después de ver lo que vimos. Pero no estamos locos: simplemente vivimos una guerra".
Hoy, a 43 años del conflicto, Toyos considera que es fundamental que las nuevas generaciones conozcan esta parte de la historia. "Se debe inculcar a los jóvenes qué fue lo que pasó, por qué se hizo esto, por qué perdimos. No fue fácil pelear con los ingleses".
El reclamo por el reconocimiento sigue vigente. "Deberíamos recordar siempre esto, no solo el 2 de abril. Es parte de nuestra historia. Hay que darle el lugar a los excombatientes". Y a los familiares de los caídos en Malvinas les deja un mensaje: "No se los va a olvidar. Pidan los beneficios que les corresponden como familiares de ellos. Nosotros los tenemos siempre presentes".
A pesar del dolor y las marcas imborrables, hay algo que Toyos tiene claro: "Si tuviera que volver a luchar por el país, lo haría, como todo buen argentino".