Se suponía que la creación del jefe de Gabinete serviría para atenuar el hiperpresidencialismo. Su función consistiría en aliviar al presidente. Aliviar era el verbo que se usaba durante los debates de la reforma constitucional de 1994, pero hoy, con el caso Adorni al rojo vivo, el recuerdo mueve a risa.
Por Pablo Mendelevich, en diario La Nación
Desde hace 37 días, cuando la revelación periodística de que la esposa de Adorni había viajado a Nueva York en el avión presidencial desbarrancó una sucesión de incongruentes explicaciones oficiales sobre el patrimonio del jefe de Gabinete, Javier Milei está tratando de aliviar a su subordinado, acción inversa a la naturaleza de las cosas.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
En el alivio se busca comprometer a todo el gobierno. Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados e hijo de quien hace tres décadas condujo la convención constituyente que creó la jefatura de Gabinete, confirmó el lunes en un foro de abogados que Adorni comparecerá en el Congreso el miércoles 29. Dijo que la sesión “será picante” y recomendó: “compren pochoclos”. Quizás el anuncio deba ser entendido como una ratificación de que el plan del gobierno para salvar al funcionario que está cuestionado por la Justicia, por la prensa y por gran parte de la sociedad consiste en montar un contraataque espectacular, como si en lugar de Adorni se tratara de Muhammad Alí yendo a enfrentar a George Foreman.
Aunque esta no es la primera crisis protagonizada por un jefe de Gabinete, sin duda es la más grave. Es probable que Adorni también esté batiendo un récord en la categoría protección más pertinaz, más obcecada, a un altísimo funcionario sospechado por corrupción. Igual que en el famoso caso Watergate que llevó a la renuncia a Richard Nixon, el problema no está acá en la trapisonda original sino en los esfuerzos destinados a taparla (Nixon no fue acusado por mandar a poner micrófonos en el Partido Demócrata sino por obstrucción de la Justicia, abuso de poder y desacato al Congreso).
Pero hay que reconocer que el soporte institucional del jefe de Gabinete tiene rajaduras de fábrica. Esas rajaduras y lo anodino del cargo ahora resplandecen porque se multiplican las especulaciones sobre Adorni. Todo el mundo tiene una. Y el formato institucional puede llegar a quedar mezclado con las virtudes, los defectos o los gustos por la adquisición de inmuebles y vuelos privados que pudiera tener este excomentarista económico, el inventor de las opiniones tajantes clausuradas con la palabra “fin”.
Tres décadas atrás Carlos Menem y Raúl Alfonsín acordaron reformar la Constitución mediante el Núcleo de Coincidencias Básicas, cuyo primer objetivo enunciado era la atenuación del sistema presidencialista. La jefatura de Gabinete se creó para eso, pero fue una idea que el peronismo, curiosamente, jamás compartió. ¿Acaso no fue la partera una convención constituyente con mayoría peronista? Sí. Pero Menem se abrazó con fervor al acuerdo, que era un paquete cerrado, porque le iba la vida en la contraprestación, el permiso constitucional para ser reelegido.
Cuando al comienzo de su segundo mandato le tocó estrenar el nuevo cargo en la estructura del Estado lo puso a Eduardo Bauzá, su operador principal. De alguna manera, al escoger lo más diferente que encontró a un primer ministro, burló el espíritu de la reforma pensada originariamente por el Consejo para la Consolidación de la Democracia que presidía el prestigioso filósofo Carlos Nino. Estaba aplicando la máxima argentina que dice que la política nunca debe quedar subordinada a la ley. En estas tierras funciona al revés: la ley se subordina a la política. Hasta la Constitución puede ofrecer una generosa plasticidad si hay que atender las preferencias de quien ejerce el poder.
A Bauzá lo sucedió el descolorido Jorge Rodríguez, de cuya gestión como jefe de Gabinete durante nada menos que tres años (Rodríguez permaneció hasta el final del segundo mandato de Menem) sólo se recuerda el día que recibió en la Casa Rosada a Alfredo Yabrán.
Y así fue como el hiperpresidencialismo, en lugar de decrecer, se fue para arriba. Las cúspides alcanzadas por el presidente actual no necesitan mayor demostración.
Sin embargo, Fernando de la Rúa designó al llegar a un político de perfil intelectual y pensamiento propio, Rodolfo Terragno, quizás el único con esas características entre los 22 jefes de Gabinete que hubo desde Bauzá hasta Adorni. De perfil alto, Terragno renunció a los diez meses debido, por un lado, a diferencias con el presidente -sobre todo en el terreno económico- y por el otro, a la crisis originada en el supuesto pago de coimas a senadores para que aprobaran la reforma laboral.
Del jefe de Gabinete que había cuando llegó el colapso de 2001 significativamente pocos se acuerdan el nombre. Era Chrystian Colombo, economista y empresario de bajo perfil, un negociador nato, quien había sido presidente del Banade y del Banco Nación. Hoy es dueño de Havanna y de Fenoglio, entre otras firmas, y tiene inversiones en Vaca Muerta. Se retiró de la política.
En las sombras Colombo tuvo un papel destacado durante el fatídico 2001, pero huelga aclarar que su sagacidad y su habilidad para el diálogo político no se tradujeron en éxitos. Eso sí, en un aspecto él se comportó como capitán del barco: cuando De la Rúa cayó, fue el último en abandonar la Casa Rosada. La llamada doctrina del fusible, que había imaginado que en una crisis grave debía saltar el jefe de Gabinete para preservar la estabilidad presidencial (por eso se puso en la Constitución que el Congreso puede removerlo) tuvo en 2001 tanta importancia como en un incendio feroz un extinguidor descargado que igual nadie se acuerda dónde está.
Todos los jefes de Gabinete de gobiernos peronistas que vinieron luego (Jorge Capitanich y Alfredo Atanasof, con Duhalde; Alberto Fernández con Néstor Kirchner y durante medio año con Cristina Kirchner; Sergio Massa, Aníbal Fernández, Juan Manuel Abal Medina, y de nuevo Capitanich y Aníbal Fernández, con Cristina Kirchner) actuaron verticalizados. No se parecieron en nada a los primeros ministros de sistemas semipresidenciales como el francés, mucho menos hallaron motivos ni contención política institucional para arrimarse a algo similar a una cohabitación.
El perfil de estos funcionarios fue más o menos alto debido a que asumieron de hecho el trabajo de voceros del gobierno a la vez que desempeñaban, con variada eficacia y grado de compromiso, la tarea gerencial hacia adentro del gobierno.
Adorni también usó el formato de vocero hasta hace poco (la última vez fue cuando no consiguió salir airoso de las preguntas sobre su viaje a Punta del Este), pero en su caso hubo una continuidad porque venía de ocupar la Vocería Presidencial. Se trata del único vocero oficial ascendido dentro de la jerarquía gubernamental. Ahora bien, ¿se puede afirmar que Adorni fue ascendido -sin contar, claro, al presidente- a la cima del gobierno?
Solía decir Aníbal Fernández que el jefe de Gabinete no es el superior jerárquico de los ministros. Se describía a sí mismo como un coordinador sin mando. Si así fuera haría falta que alguien explicara por qué el jefe de Gabinete se llama jefe de Gabinete. ¿Un error de los constituyentes? Es cierto que en el gobierno actual se le dice “el Jefe” a la hermana del presidente, pero acá estamos hablando del nombre oficial que define la función de un cargo público, no de un apodo.
Un cargo cuyo rasgo más singular, la relación especial con el Congreso sustentada en la ilusión de un régimen semiparlamentario, nunca funcionó bien. Lo más defectuoso fue justo lo que ahora promete Martín Menem que hará Adorni la semana próxima, una comparecencia espectacular. Las visitas de los jefes de gabinete a las cámaras, prescriptas en la Constitución, han sido siempre a voluntad. El récord de incumplimientos se registró según Cippec durante las presidencias de Cristina Kirchner (en su segunda gestión, Aníbal Fernández ni siquiera concurrió una vez), pese a lo cual en el Senado el kirchnerismo ha dicho que quiere sumar este asunto como causal de juicio político a Adorni porque asumió el 4 de noviembre pasado y todavía no compareció. Increíble.
La política ha logrado que este ejercicio republicano se convierta en un suceso caótico. No por el griterío o por algunas chicanas, eso es propio de la vida parlamentaria, sino por la mala organización del acto, donde se viene produciendo un crecimiento geométrico de la cantidad de preguntas previamente presentadas por los legisladores y una poco eficaz administración de las respuestas, cuando las hay.
El segundo aspecto de la relación especial con el Congreso se refiere a la potestad que éste tiene de echarlo. Hasta ahora nadie fue removido con un voto de censura, entre otras cosas porque se requiere la mayoría absoluta de la totalidad de los miembros de ambas cámaras, algo difícil de lograr para sacar a un funcionario que el presidente puso y sostiene.
En la Sección Segunda de la Constitución, que es la que se ocupa del Poder Ejecutivo, el presidente de la Nación insume, según la IA, el 68,6 por ciento del texto. El jefe de Gabinete ocupa el 24,7. Sólo el artículo 100° detalla 13 funciones específicas del jefe de Gabinete, la primera de las cuales tiene un enunciado que impresiona: dice que su función es “ejercer la administración general del país”.
Faltaría reseñar los últimos seis jefes de Gabinete: Marcos Peña (durante todo el gobierno de Macri), Santiago Cafiero, Juan Manzur y Agustín Rossi (presidencia de Alberto Fernández) y Nicolás Posse y Guillermo Francos (los antecesores de Adorni con Milei). Cada nombre despierta recuerdos de época e incita opiniones seguramente diversas, algunas quizás acaloradas. Pero desde una perspectiva de análisis del funcionamiento de un cargo que carece de contornos precisos y necesita modelos para mejorar la institucionalidad quizás sobresalga Francos, un político de vasta experiencia del que Milei, sin demasiadas razones conocidas, se desprendió en forma abrupta.
La pérdida de uno de los políticos profesionales más experimentados de este gobierno -que no los tiene en abundancia- y el apego tan determinado y costoso a Adorni encierra una paradoja. Milei no ve en Adorni un jefe de Gabinete sino el aliado ideológico que lo traduce mejor que nadie y que diariamente pone la cara por él con altanería cómplice. Pero poner la cara es justo lo que a Adorni se le volvió tan difícil, sino imposible. El pochoclo que recomienda comprar Martín Menem es para ver si podrá seguir haciéndolo.