Conviene tener presente que las dos así llamadas “guerras mundiales” cobraron millones de víctimas y hundieron la economía occidental.
En Revista Criterio
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
La tragedia del conflicto bélico no para de incrementarse y asesina a miles de civiles, incluidos niños y ancianos, y una grave crisis económica internacional se percibe claramente. Conviene tener presente que las dos así llamadas “guerras mundiales” cobraron millones de víctimas y hundieron la economía occidental. La primera comenzó cuando los cronistas políticos sostenían que sería una aventura breve y con pocos caídos. Esa guerra cambió el mapa de Europa y presagió otra aún peor: la de Hitler y Stalin.
A la guerra en curso se agrega un debate que desde hace tiempo preocupa a casi medio mundo: una pregunta crucial sobre el futuro de la democracia. ¿Qué pasa con los dirigentes contemporáneos que, en muchos países, defraudan a los ciudadanos? ¿Qué les espera entonces a las democracias de Occidente? ¿Cundirá el escepticismo y dará paso a fundamentalismos de diferente signo?
Este interrogante abarca países y regímenes políticos muy variados, donde acaso el denominador común sea la irresponsabilidad, la ignorancia y la actitud violenta de sus dirigentes (o el silencio de aliados). Y el temor no se detiene, según lo explicitan figuras relevantes del quehacer intelectual y sociopolítico. El reconocido historiador estadounidense Robert Darnton llegó a afirmar en una entrevista publicada en LA NACION: “Temo que Trump anuncie una emergencia nacional para evitar las elecciones de noviembre”. Y manifestó su aprensión por el desvío autoritario del presidente norteamericano, a quien el presidente argentino tanto considera al tiempo que no le ahorra elogios al gobierno del primer ministro israelí. ¿Puede la megalomanía norteamericana y la pleitesía de otros frente a los Estados Unidos impedir que se respeten las leyes internacionales, los límites constitucionales a los poderes del Estado y hasta el más elemental sentido común?
Que la atroz dictadura de Irán, país acusado de haber atentado en dos ataques a nuestro país, y el peligro que sufre Israel por las constantes e innegables amenazas de fuerzas militares regionales en Medio Oriente, sean un tema de perenne gravedad para su futuro, no invalida que preocupe también la crisis de las democracias, que hubieran podido ser fuente de diálogo, de tratativas diplomáticas y finalmente un camino hacia la pacificación.
Por su parte, León XIV no detiene su condena a los excesos bélicos de la política y a la economía que considera relacionada con los conflictos armados, como ya lo había anticipado el papa Francisco en repetidas oportunidades. Mientras en el Vaticano se intensifican las críticas a los Estados Unidos, temen que el conflicto quiera presentarse como una guerra de religión y “ante el ruido de las bombas, no se escuche la voz del pueblo”. Un nuevo llamado a la democracia real. Y el cardenal de Chicago, Blase Joseph Cupich, se atreve a censurar a la Casa Blanca por tratar el ataque en Medio Oriente “como si fuera un videojuego”.
El gobierno norteamericano, que acusa a las Naciones Unidas de no intervenir en buscar soluciones, cuando son ellos y los rusos los responsables de anular el Consejo de Seguridad con sus vetos, constituye una señal de desfachatado cinismo.
La prestigiosa publicación inglesa The Tablet señala que en su discurso sobre el estado de la Unión del 24 de febrero, “Donald Trump se jactó de que Estados Unidos había dado un giro histórico”. Sin embargo, el índice de aprobación del presidente, cayó “después de que la administración Trump lanzara un ataque aéreo, junto con Israel, contra Irán”. Concluye la revista: “Las primeras encuestas sugieren que la guerra es impopular”.
Claro que frente a una guerra, donde siempre todos pierden, no vale el principio de la popularidad o menos de las opiniones, pero ante tan graves decisiones por parte de los dirigentes se acrecienta la duda sobre el sentido mismo de la democracia en nuestros tiempos.
Anne Elizabeth Applebaum, periodista, historiadora y escritora estadounidense especializada en la historia del comunismo y el desarrollo de la sociedad civil en Europa del Este, observa en una entrevista desde Washington: “En Estados Unidos se está intentando cambiar la esencia del sistema, socavar la Constitución, el Estado de derecho y las tradiciones de transparencia y responsabilidad de los funcionarios públicos”.
Para Applebaum los países autocráticos ya no se rigen por una ideología determinada, sino que se trata de alianzas oportunistas entre regímenes “que pueden ser teocráticos, comunistas o ultraderechistas, pero que están unidos por un desprecio compartido por cualquier institución que pueda limitar el poder del líder”. Y concluye taxativamente: “Cualquiera que utilice el lenguaje de la democracia es su enemigo”.
Hoy en Europa, frente a liderazgos muchas veces desconcertantes e inconsecuentes, sigue aún vivo y sin resolución el drama que desató el jerarca ruso Vladimir Putin con su descabellada invasión al territorio ucraniano. La calculada ambigüedad del presidente español Pedro Sánchez y las volteretas de la primera ministro italiana Giorgia Meloni nos interrogan también sobre el futuro de la democracia. Y permiten considerar al presidente italiano Sergio Mattarella, hombre culto y cristiano pacificador, como un faro de la sabiduría y la prudencia hoy escasas. Lejos de todo populismo y grandilocuencia, siempre atento y esperanzado, es muy respetado en su país y en todo el contexto europeo. Estas son palabras suyas: “La democracia implica el principio de igualdad porque reconoce que las personas tienen la misma dignidad. La democracia es un instrumento para afirmar los ideales de libertad. La democracia no se agota en sus reglas de funcionamiento, sin perjuicio del carácter ineludible de definir y respetar las ‘reglas del juego’. Porque las condiciones mínimas de la democracia son exigentes: la generalidad y la igualdad del derecho de voto, su libertad, las propuestas alternativas, el papel irreprimible de las asambleas electivas y, por último, pero no por ello menos importante, los límites a las decisiones mayoritarias, en el sentido de que no pueden violar los derechos de las minorías e impedir que éstas puedan convertirse, a su vez, en mayorías”.
Todas virtudes que la democracia podría ofrecer si se detiene la locura de la guerra, cuyos costos serán desmesurados.