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Opinión y Actualidad

Crítica de "Whistle: El silbido del mal"

Corin Hardy dirige este carrusel lleno de guiños a Carpenter, Verhoeven, incluso a Andy Muschietti, que protagonizan Dafne Keen, Sophie Nélisse y Nick Frost.

Hoy 06:59

Por Roger Salvans
Para Fotogramas

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El irlandés Corin Hardy no es de los que esconden sus referentes dentro de un armario: los luce en la vitrina, les pasa el plumero para que brillen y nos invita a que los admiremos. En ‘Whistle: El silbido del mal’, el director de 'The Hallows' se sirve del legado del género y juega con él, empezando por ese Nick Frost cuyo personaje bautiza en honor a Wes Craven y siguiendo con un carrusel –en Halloween, claro– lleno de guiños a John Carpenter, Paul Verhoeven o incluso Andrés Muschietti. Más que influencias, son medallas que se cuelga con orgullo, un cruce de referencias que funciona como artefacto cinéfilo del mismo modo que ese silbato azteca maldito que desencadena la acción.

Cruce imposible entre ‘El club de los cinco’ y ‘Destino final’ en un escenario gris e industrial, la cinta propone una sucesión de muertes creativas, un festín gore hilvanado por un travieso entusiasmo por la mutilación y la sangre, pero en el que lo más terrorífico es el angst adolescente, precisamente el público al que va dirigido el film. Hardy parece aquí más liberado que en ‘La monja’, pese al corsé de un guion que sigue a rajatabla la fórmula y no tiene los momentos de (negra) brillantez de ‘Háblame’, el magnífico debut de los hermanos Phillipou, ni tampoco el sentido del humor de propuestas similares que añaden una carga de ironía cáustica para que el espectador se reconozca en el guiño.

Dentro de esa aparente previsibilidad, Hardy introduce un ritmo ágil que evita que el conjunto se estanque, encadenando set pieces con suficiente inventiva como para mantener el interés incluso cuando el mecanismo narrativo se vuelve evidente. Hay, además, un esfuerzo por dotar a los personajes de cierta entidad emocional —aunque sea esquemática— que hace que sus destinos no resulten del todo indiferentes. La película no aspira a reinventar el género, pero sí a celebrar sus códigos con energía y sin complejos, abrazando tanto el exceso como el juego referencial. En ese sentido, ‘Whistle: El silbido del mal’ funciona como un parque de atracciones del horror contemporáneo: no sorprende tanto por lo que cuenta como por cómo lo ejecuta, y encuentra su mayor virtud en esa mezcla de respeto y desparpajo hacia sus propias influencias. Una cinta que cumple lo que promete, ni más ni menos.