Por alguna necedad que arrastro desde chico, suelo evitar las tendencias o las modas muy concurridas. Incluso aquellas que se imponen dentro de ciertas tribus.
Por Héctor M. Guyot, en diario La Nación
Por ejemplo, nunca leí a César Aira, a quien mucha gente autorizada tiene por el mejor escritor argentino. La única novela suya que abrí no me enganchó y la cerré en la página treinta. Me estoy perdiendo algo, sin duda, pero lo hago en favor de otra lectura que esté más cerca de mi sensibilidad. Quizá esta reticencia de base condiciona también mi mirada sobre la inteligencia artificial, aunque en verdad he desconfiado de la tecnología desde que tengo memoria, y no solo por el influjo de Bradbury. Seguro que en este asunto de la IA también me estoy perdiendo algo, pero como trabajo con la palabra, y hasta intento expresarme con ella, prefiero mantenerla dentro de mi campo de juego, por limitado que sea.
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Todo esto viene a cuento de la profecía que Yuval Noah Harari lanzó en el Foro de Davos, el mes pasado. “Todo lo que esté hecho de palabras será controlado por la IA”, dijo el catedrático israelí, textual. La frase me pegó fuerte. Mi vicio congénito me había mantenido lejos de los libros de Harari -me los perdí, qué vamos a hacer- hasta que publicó Nexus. De modo que, habiendo leído ese admirable ensayo sobre la IA y sus implicancias, el autor de ese pronóstico ominoso me despertaba el mayor de los respetos. De allí el impacto de la frase, más allá de que el avance a paso redoblado de la IA -y en especial de los chatbots- en la vida cotidiana es un hecho incontrastable.
Sin embargo, el discurso de Harari en Davos dejó un resquicio por donde se filtra la luz, acaso sin que el autor lo advirtiera. “Si pensar realmente significa ordenar palabras y otros elementos del lenguaje, entonces la IA ya puede pensar mucho mejor que muchísimos humanos”, dijo, como complemento de lo anterior.
Sin ánimo de contradecir a Harari, pienso que pensar es más que ordenar palabras. Los seres humanos somos algo más que un cúmulo de datos alojados en el disco rígido del cerebro que se agitan cada vez que pensamos, como a veces muchos tecnólogos y neurocientíficos nos hacen creer, quizá para identificar nuestra mente con la danza algorítmica que ensaya la IA al disparar sus respuestas. ¿Acaso cuando pensamos no nos ponemos en un plano superior al de los datos o los hechos con el fin de interpretarlos y darles un sentido? ¿Y no ponemos en juego la intuición, la imaginación y nuestra insustituible experiencia de vida? La IA, como dice Harari, solo ordena palabras. Parece que piensa, pero no lo hace. Incapaz de elevarse a un plano superior al de los datos, solo combina matemáticamente los existentes y ya dados dentro de un sistema cerrado y, en consecuencia, muerto.
Todos conocemos aquellos interrogantes dilemáticos que admiten por respuesta tanto un sí como un no, esas preguntas complejas ante las cuales uno muchas veces dice, después de pensarlo un poco, “sí y no”. En ese punto se abre un espacio indeterminado donde el imperio de la razón da paso a percepciones personales que, con todo desparpajo, contradicen a Aristóteles y su principio de no contradicción para llegar a ciertas verdades (pongan comillas, si prefieren) inaccesibles a la lógica, esas que los buenos poetas saben convertir en experiencia común cuando las convocan, palabras mediante, en el destello de un verso que dice lo inefable. Verdades no mensurables, imposibles de traducir a datos.
El mismo Harari, en su discurso de Davos, plantea una paradoja que refleja tanto el poder creador de la palabra como sus limitaciones. Cita una conocida frase de la Biblia (“En el principio era el Verbo, y el Verbo se hizo carne”). Y, enseguida, el Tao Te Ching (“La verdad que se puede expresar con palabras no es la verdad absoluta”). Y remata así: “A lo largo de la historia, la gente siempre ha luchado con la tensión entre el Verbo y la carne, entre la verdad que se puede expresar con palabras y la verdad absoluta, que está más allá de las palabras”.
La palabra es creadora, como sugiere la tradición occidental, porque no tenemos otro modo de dar forma y sentido al magma de la realidad. Sin embargo, el doble fondo de la realidad siempre se nos escapa, como sugiere Lao Tsé en su célebre libro desde la tradición oriental. Las dos verdades se complementan: en respuesta a esta carencia tan fecunda, seguimos pensando. Seguimos creando.
La inteligencia artificial no siente esa tensión, sencillamente porque no siente. Ese espacio en el que la palabra intenta ir más allá de sí misma (y que a veces alcanza) es inaccesible para la IA, por más imbatible que resulte en el terreno de la lógica pura, como una partida de ajedrez o de Go. Sin embargo, cada vez más gente interactúa con los chatbots como si fueran personas. Los han programado para que simulen pensar y sentir, y nosotros damos la simulación por buena porque todo el lenguaje creado alrededor de la IA nos induce a humanizarla y hasta a concederle una conciencia de la que por supuesto carece. Y es ahí, en la conciencia, donde se abre al abismo entre nosotros y la inteligencia artificial. La conciencia es un misterio al que la matemática no llega. Desde allí sale la sonda hacia ese más allá de lo mensurable. Al paso que vamos, será el último refugio de la palabra creadora para resistir la mecanización y la automatización de la vida a la que la revolución tecnológica nos empuja.