El Tenipósido, medicamento utilizado desde hace décadas para tratar la leucemia infantil, podría adquirir un nuevo protagonismo en inmunoterapia antitumoral.
En los laboratorios de investigación biomédica no siempre los grandes avances nacen de moléculas recién descubiertas. A veces, la innovación surge al mirar con otros ojos lo que ya existe. Eso es lo que está ocurriendo con el tenipósido, fármaco clásico de la quimioterapia que podría encontrar una nueva vida como aliado de la inmunoterapia contra el cáncer.
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Durante años, el tenipósido fue un recurso terapéutico consolidado en oncología pediátrica, especialmente en el tratamiento de la leucemia linfoblástica aguda. Su mecanismo de acción es conocido: actúa como inhibidor de la topoisomerasa II, una enzima clave en la replicación del ADN. Al bloquearla, induce roturas en el material genético de las células tumorales y desencadena su muerte. Es, en esencia, un agente citotóxico tradicional.
Sin embargo, investigaciones recientes apuntan a que su papel podría ser mucho más sofisticado de lo que se creía. Más allá de destruir células cancerosas de forma directa, el tenipósido podría activar rutas inmunológicas que potencian la capacidad del organismo para reconocer y atacar tumores. Este hallazgo sitúa al fármaco en el centro de una tendencia creciente en oncología: el reposicionamiento terapéutico.
Reposicionar para innovar
El reposicionamiento de fármacos consiste en encontrar nuevas indicaciones para medicamentos ya aprobados. Esta estrategia tiene ventajas evidentes: los perfiles de seguridad y farmacocinética ya están bien establecidos, los costes de desarrollo son menores y los tiempos hasta su posible aplicación clínica se acortan significativamente.
En el contexto de la inmunoterapia, el reposicionamiento cobra especial relevancia. Desde la irrupción de los inhibidores de puntos de control inmunitario —como los dirigidos contra PD-1, PD-L1 o CTLA-4— la oncología ha experimentado una transformación profunda. Medicamentos como el nivolumab o el pembrolizumab han demostrado que el sistema inmune puede convertirse en un arma poderosa contra diversos tipos de cáncer.
No obstante, no todos los pacientes responden a estas terapias. En muchos casos, los tumores desarrollan mecanismos para evadir la vigilancia inmunitaria o generan microambientes tumorales "fríos", pobres en infiltración de linfocitos. Convertir esos tumores en "calientes" —es decir, inmunológicamente activos— es uno de los grandes retos actuales.
Aquí es donde el tenipósido podría desempeñar un papel inesperado.
Del daño genético a la alarma inmunitaria
Cuando el tenipósido induce roturas en el ADN de las células tumorales, no solo provoca su muerte. El daño genético masivo puede generar fragmentos de ADN que terminan en el citoplasma celular, un lugar donde el ADN no debería encontrarse. El sistema inmunitario innato interpreta esta señal como un indicio de infección o peligro.
Una de las rutas clave implicadas en este proceso es la vía cGAS-STING, un mecanismo de detección de ADN citosólico que activa la producción de interferones tipo I y otras citoquinas proinflamatorias. Esta cascada de señales puede estimular la presentación de antígenos tumorales y favorecer la activación de linfocitos T citotóxicos.
En otras palabras, el tenipósido no solo mata células tumorales: puede contribuir a "desenmascararlas", haciéndolas más visibles para el sistema inmune.
Este fenómeno se enmarca dentro del concepto de muerte celular inmunogénica. A diferencia de otras formas de muerte celular silenciosa, la muerte inmunogénica libera señales de peligro —como la calreticulina o el ATP extracelular— que actúan como llamadas de atención para las células dendríticas y otros componentes del sistema inmunitario.
Si estos hallazgos se verifican en los estudios clínicos, el tenipósido podría utilizarse en dosis o esquemas específicos diseñados no tanto para maximizar la citotoxicidad, sino para optimizar la activación inmunológica.
Sinergias con la inmunoterapia moderna
La posibilidad de combinar tenipósido con inhibidores de puntos de control abre un escenario prometedor. Al activar la vía cGAS-STING y promover un microambiente tumoral inflamatorio, el fármaco podría aumentar la infiltración de linfocitos T en el tumor. Esto, a su vez, podría potenciar la eficacia de anticuerpos como el nivolumab o el pembrolizumab, que liberan los frenos del sistema inmunitario.
La estrategia no sería sustituir la inmunoterapia actual, sino reforzarla. En tumores resistentes o poco inmunogénicos, el tenipósido podría actuar como "cebador" inmunológico, preparando el terreno para que los inhibidores de PD-1 o PD-L1 desplieguen todo su potencial.
Además, su uso podría explorarse en combinación con vacunas terapéuticas contra el cáncer o con terapias celulares como los linfocitos CAR-T. En estos contextos, la activación previa del sistema inmune innato podría mejorar la expansión y eficacia de las células efectoras.
Cambio de paradigma en quimioterapia
Durante décadas, la quimioterapia fue percibida como el opuesto conceptual de la inmunoterapia: una estrategia agresiva, inespecífica y supresora del sistema inmune. Sin embargo, la investigación actual está matizando esta visión. Algunos agentes quimioterápicos, en determinadas condiciones, pueden ejercer efectos inmunomoduladores beneficiosos.
El tenipósido se suma así a una lista creciente de fármacos clásicos cuyo impacto va más allá de la simple destrucción celular. Este cambio de perspectiva obliga a reconsiderar dosis, esquemas de administración y combinaciones terapéuticas.
El desafío será encontrar el equilibrio adecuado. Dosis excesivas podrían dañar células inmunitarias o generar toxicidades innecesarias. Por el contrario, dosis moduladas podrían maximizar el efecto inmunoestimulador sin comprometer la seguridad.
Al escenario global del cáncer
Que un medicamento utilizado durante décadas en leucemias pediátricas pueda transformarse en una herramienta clave de la inmunoterapia moderna tiene también un valor simbólico. Refuerza la idea de que la innovación no siempre depende de descubrimientos radicalmente nuevos, sino de reinterpretaciones inteligentes.
El camino hacia la aplicación clínica en tumores sólidos o en adultos requerirá ensayos rigurosos. Será necesario determinar qué tipos de cáncer se benefician más, identificar biomarcadores predictivos de respuesta y evaluar posibles interacciones con otros tratamientos.
Sin embargo, el potencial es considerable. En un campo donde los nuevos fármacos pueden implicar inversiones multimillonarias y años de desarrollo, el reposicionamiento del tenipósido ofrece una alternativa estratégica.
Ciencia que reinterpreta el pasado
La historia de la medicina está llena de ejemplos de fármacos que encontraron una segunda vida terapéutica. En el caso del tenipósido, su posible papel como activador del sistema inmune ilustra cómo la comprensión cada vez más detallada de la biología tumoral transforma nuestra manera de usar herramientas conocidas.
El cáncer no es solo un problema de proliferación descontrolada; es también una cuestión de interacción dinámica entre el tumor y el sistema inmune. Entender y modular esa relación es la esencia de la oncología del siglo XXI.
Si las investigaciones en curso confirman lo que los estudios preclínicos sugieren, el tenipósido podría dejar de ser únicamente un viejo conocido de la quimioterapia pediátrica para convertirse en una pieza estratégica en los esquemas de inmunoterapia antitumoral.
En un tiempo en que la medicina personalizada y las terapias dirigidas marcan el rumbo, este redescubrimiento recuerda que, a veces, el futuro de la oncología puede encontrarse en los estantes del pasado.