No se trata de abandonar irresponsablemente acuerdos internacionales ni de promover una carrera regional. Se trata de comprender que la disuasión no es retórica: es capacidad tangible.
Por Juan Martín Paleo, en diario Clarín
El vencimiento del tratado Nuevo START marca un punto de inflexión histórico. Por primera vez desde 1972, Estados Unidos y Rusia ya no están sujetos a límites formales sobre la cantidad y características de sus arsenales estratégicos. La arquitectura que contuvo durante medio siglo la competencia nuclear entre las superpotencias ha quedado, en los hechos, desmantelada.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
La administración de Donald Trump ha expresado su voluntad de negociar un acuerdo “mejorado y modernizado”. Pero mientras esa posibilidad permanece en el plano retórico, los hechos avanzan en otra dirección: modernización acelerada de arsenales, expansión de capacidades y ausencia de congelamientos temporales que eviten una nueva carrera armamentística.
Rusia, bajo el liderazgo de Vladimir Putin, prueba sistemas como el torpedo nuclear Poseidón, diseñado para generar un tsunami radiactivo contra ciudades costeras, y explora capacidades antisatélite de potencial uso nuclear. China, por su parte, acelera la expansión cuantitativa y cualitativa de su fuerza estratégica, incluyendo misiles hipersónicos con vehículos de planeo maniobrables capaces de evadir defensas tradicionales.
El problema no es solo tecnológico. Es político.
Durante décadas, el llamado “paraguas nuclear” estadounidense fue el principal dique de contención contra la proliferación. Países aliados renunciaron a desarrollar armas nucleares bajo la premisa de que Washington acudiría en su defensa ante una amenaza existencial. Esa promesa no solo fue militar: fue psicológica.
Hoy, esa garantía es percibida como menos automática. El discurso transaccional de Trump, su cuestionamiento público a los aliados y su enfoque de repliegue selectivo han introducido una variable de incertidumbre estratégica. Cuando la credibilidad del garante se erosiona, la seguridad vuelve a nacionalizarse.
Europa comienza a debatir lo impensable. El presidente Emmanuel Macron ha planteado la posibilidad de ampliar el paraguas nuclear francés a otros países del continente. En Polonia se discute abiertamente la necesidad de explorar opciones vinculadas a armas nucleares. En Suecia, voces influyentes reclaman debatir un eventual arsenal nuclear nórdico conjunto.
Pero el fenómeno no se limita a Europa. Turquía, miembro de la OTAN y actor cada vez más autónomo en su política exterior, ha dejado entrever en distintas oportunidades que no acepta quedar estructuralmente rezagada en términos estratégicos. El presidente Erdogan ha cuestionado públicamente la legitimidad de que algunos Estados posean armas nucleares y otros no.
En un entorno regional atravesado por la ambición nuclear iraní, la guerra en Ucrania y la inestabilidad en Medio Oriente, Ankara evalúa cuidadosamente sus opciones de largo plazo.
La proliferación no surge solo por ambición, sino por desconfianza.
En América del Sur, la cuestión adquiere matices propios. Brasil avanza en su programa de submarino de propulsión nuclear dentro del PROSUB. Aunque oficialmente destinado a fines convencionales, el dominio del ciclo nuclear completo y la capacidad tecnológica asociada colocan al país en una posición estratégica diferenciada.
Recientemente, incluso voces gubernamentales brasileñas han sugerido la necesidad de revisar tabúes históricos si el entorno internacional se vuelve más hostil. Brasil aspira a un mayor protagonismo global y a consolidar su condición de potencia regional con proyección oceánica y antártica. En el sistema internacional real —más allá de los discursos normativos— la posesión de capacidad nuclear militar sigue asociada al estatus de gran potencia.
Ese debate inevitablemente interpela a Argentina.
Argentina posee un desarrollo nuclear pacífico robusto, reconocido internacionalmente, con dominio tecnológico y capacidad científica consolidada. Pero su instrumento militar carece hoy de capacidad disuasiva efectiva. La dependencia casi absoluta de proveedores externos limita la autonomía estratégica y reduce la credibilidad de cualquier postura firme en escenarios de crisis.
El equilibrio estratégico en el Cono Sur ha sido un factor de estabilidad durante décadas. Sin embargo, si Brasil profundiza su desarrollo tecnológico-militar en un mundo sin límites globales claros, Argentina deberá decidir si continúa aferrada exclusivamente a compromisos declarativos o si abre un debate estratégico de largo plazo sobre su posicionamiento.
No se trata de abandonar irresponsablemente acuerdos internacionales ni de promover una carrera regional. Se trata de comprender que la disuasión no es retórica: es capacidad tangible. En un escenario donde las grandes potencias amplían arsenales, modernizan vectores y experimentan con nuevas tecnologías, la vulnerabilidad puede convertirse en un riesgo estructural.
El fin del control armamentístico no implica automáticamente proliferación masiva. Pero sí inaugura una etapa donde más países evaluarán opciones que hasta hace poco eran políticamente inviables. Cuando el sistema pierde reglas claras y el garante principal parece imprevisible, el cálculo estratégico cambia.
La historia demuestra que las armas nucleares no se expanden solo por ambición de poder, sino por percepción de inseguridad. En la nueva era de incertidumbre estratégica, el verdadero dilema no es moral sino político: ¿qué precio está dispuesto a pagar un Estado por permanecer dependiente de decisiones ajenas?