Una corrupción desbordante que nos invade desde hace varias décadas ha significado una intrusión desmedida de la delincuencia en el proceso político del país.
Por Hugo Quiroga, en diario Clarín
Uno de los problemas centrales de la Argentina de hoy es la forma de hacer política, “novedosa”, por un lado, ancestral, por la otra. Esta acentuada particularidad, en el cuadro de lo usual, es parte de nuestra propia obra. Por motivos diversos (conocidos o no), gran parte de la sociedad se ha inclinado a consentir todas las transgresiones políticas de sus gobernantes.
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¿Crisis de la política y de los partidos o crisis de la sociedad? Es muy difícil establecer una disociación, dada la relación estrecha entre política y sociedad. Sin olvidar, más allá de la representación tradicional, la emergencia de una nueva geografía en el espacio público, que auspicia un nuevo tipo de conversación e información en la arena política. El espacio público digital es el terreno fértil de Milei.
Una corrupción desbordante que nos invade desde hace varias décadas ha significado una intrusión desmedida de la delincuencia en el proceso político del país. En donde el dedo aprieta, sale pus. En los últimos años se ha levantado un atajo de estafadores que sabido sacar todas las ventajas ilegales del Estado, y aprendió a precarizar sus instituciones, en detrimento de la ciudadanía, las políticas públicas (que no son “programas asistenciales”, en los que también se hace trampa).
Es la evidencia de una profunda erosión del poder político. La permisividad es un rasgo notable, así como la sensación de impunidad que impera en los actores políticos, sindicales, económicos. No en todos. No obstante, la corrupción y la impunidad abruman. Esta cascada de acontecimientos que aturden nuestros sentidos (lo visto y lo oído), se sucede mediante dispositivos ilegales diversos y trampas institucionales, golpea en el rostro de la dinámica democrática. La aplasta (últimamente, los sucesos de la AFA y todo su entorno).
La ciudadanía deviene, entonces, volátil. Los motivos pueden estar asociados a la fragmentación y dispersión de los partidos (cuya función principal ahora se reduce a reunir votos). ¿Cuál es hoy el eje del sistema de partidos? En este cuadro de desarraigo institucional se ha tensionado la relación entre política y sociedad, que ha abierto las puertas a un sistema político descalabrado. No habría que confundir la institución partido con organizaciones que congregan votos.
En esta democracia de trueque, encendida con tantos intercambios, plagada de candidatos itinerantes, de un lado o del otro, en busca de poder o de cargo, ¿cuál puede ser el grado de racionalidad del legislador así elegido? La confianza se incomoda.
Sabemos que la política es un concepto polisémico, con infinitas definiciones. A propósito, cabe recordar que, en Humanismo y Terror, Merleau-Ponty escribe que “la maldición de la política consiste precisamente en esto: que debe traducir los valores en el orden de los hechos”. La política no es otra cosa, desde su punto de vista, que un vaivén entre la realidad y los valores.
Ubicados ya en el año 2026, ¿qué escenario político-institucional puede asomar en el mediano plazo? A los cinco días de haber asumido, el presidente Milei se convirtió en una voz de mando decisionista con el DNU 70/2023 y cierra su segundo año de gobierno con otro DNU 941/2025, que modifica la Ley de Inteligencia Nacional 25.520. Tamaña resolución que elude al Congreso Nacional, como órgano de codecisión, cuando no impera la “necesidad”, ni la “urgencia” que le confieren al Presidente esas atribuciones por la Constitución Nacional.
La excepción es el camino que prefiere Milei, porque detesta la deliberación parlamentaria -a pesar del resonante triunfo electoral de medio término- sin complejos y con arraigada vocación decisionista. Su dogmatismo lo ha convertido en un nuevo ejemplar de la casta política que dice despreciar, en términos de alianza, y enrolado en una extrema derecha con pretensiones de proyección regional.
La línea de demarcación de años entre “populismo” y “republicanismo” son menos determinantes que la establecida por Milei entre “libertad” y “sus enemigos”. El concepto de democracia que ha cohesionado a los argentinos no está en su vocabulario. Es común admitir que la sociedad argentina rememora el año 1983 como el de la “recuperación de la democracia”, y no como el de la “recuperación de la república”. Así lo indican los numerosos textos que conmemoraron los cuarenta años. Pareciera que el apego a la república se ha diluido en la democracia.
Si pensamos en un escenario adverso, atrapado por la ideología extrema del mercado, el interrogante principal es, ¿cómo construir una democracia liberal republicana? Quizá, en el momento actual, con Angelo Panebianco, recurriendo a la tradición del realismo político de Maquiavelo y sus mejores seguidores, podría el liberalismo político dotarse de una concepción que admita que algunos géneros del conflicto pueden estimarse como constructivos para componer la democracia. En reconocer, en fin, que la decisión también es un presupuesto de la política. El Estado de derecho puro no existe. El gobierno exclusivo de la ley invoca a un poder anónimo, despersonalizado.
Milei ha abandonado su retórica libertaria para asumir el rol de un líder pragmático. Lo que poseemos por delante es una democracia desolada de toda perspectiva republicana. Lo más de cuarenta años de recuperación democrática en su declinación son un desafío a la construcción de una democracia liberal y republicana. Tal vez ello implique reconsiderar los significados de estos tres términos. Ellos se constituyeron como conceptos móviles en la historia y fueron desplegándose junto a la sociedad.
La autocracia se adelanta cuando se debilita el compromiso democrático, y cuando la democracia ha dejado de ser un concepto de esperanza.