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La derrota agónica ante Racing del lunes por la noche cerró una temporada en la que todo lo que le podía salir mal a River le salió peor. Lo que jugó (torneos Apertura y Clausura, Mundial de Clubes, Copa Libertadores y Copa Argentina), lo perdió, ninguno de los jugadores por los cuales se gastaron 70 millones de euros en tres mercados de pases hizo una diferencia y su técnico Marcelo Gallardo, terminó atrapado por una confusión que le impidió tomar las mejores decisiones.
La tentación de salir por arriba de la crisis depurando el plantel y dando otro golpe de billetera parece irresistible. Se comenta que diez futbolistas del actual plantel por lo menos pronto serán dados de baja y que llegarán cinco nuevos para barajar y dar de nuevo. Pero acaso antes de todo eso, será imprescindible que Gallardo reflexione y se reencuentre consigo mismo y con aquellas ideas que, con planteles mucho más jerarquizados, lo llevaron a levantar dos Copas Libertadores en su primer ciclo como entrenador entre 2015 y 2022.
Se pone especial énfasis en el técnico porque cuando firmó su regreso en 2024, Gallardo puso como condición asumir el poder total del fútbol “millonario”. O sea, determinar por sí y ante sí, las altas y las bajas del plantel y hasta los sueldos de los jugadores. El expresidente Jorge Brito le entregó las llaves de la tesorería y por lo visto, no le salió nada bien. Como mánager, se encaprichó con algunas contrataciones, ninguna de las cuales le dio un salto de calidad al equipo. Como técnico, no transmitió nada: no potenció los niveles individuales, no pudo acomodar la vital media cancha, no encontró una identidad de juego y en los últimos tiempos, ni siquiera insufló aquella mística ganadora que caracterizó al River de las grandes jornadas.
River dejó de creer en River. Y tal vez, Gallardo también haya dejado de creer en Gallardo. La debacle de la confianza en el último tiempo resultó evidente: de los últimos trece partidos, perdió nueve y apenas ganó dos y sufrió cuatro derrotas consecutivas en el Monumental con Palmeiras, Riestra, Sarmiento y Gimnasia. Ante Vélez, llenó el equipo de juveniles (terminaron jugando Obregón, Acosta, Subiabre y Freitas). El lunes contra Racing, arrancó con dos jugadores de 39 años (Armani y Enzo Pérez), uno de 35 (Nacho Fernandez) y otro de 34 (Acuña). Más cambiante, imposible.
Con esta campaña y estas decisiones, cualquier otro técnico ya hubiera estado de salida. Pero a Gallardo le levantaron una estatua en la entrada del Monumental y por eso, en su primera medida de gobierno, el nuevo presidente, Stéfano Cozza Di Carlo, le renovó el contrato para que sea él quien piloteé la reconstrucción. En el fin de un año de desaciertos encadenados, Racing eliminó a River pechándolo, llevándoselo por delante. Con una fe y un optimismo que River dejó de tener, que Gallardo jamás pudo recrear y que será indispensable para reencontrar un camino de triunfos que alguna vez, pero no se sabe cuando, tendrá que volver a recorrer.