Los expresidentes y la exprimera dama aportan con intensidad al fenómeno de la “chimentización de la política”.
Por Pablo Sirvén, en diario La Nación
Como si no fuesen suficientes los sucesivos gestos y actitudes derrotistas y atomizantes que embargan al kirchnerismo de estos tiempos, en los últimos días, como telón de fondo aún más decadente, copó la parada mediática el intercambio pimpinilesco entre el expresidente de la Nación, Alberto Fernández y la exprimera dama, Fabiola Yañez, patéticos y papeloneros en sus desbordes emocionales con múltiples imputaciones mutuas. Otro lastre para el espectro “nac&pop”, que de las últimas nueve elecciones nacionales, perdió siete (incluyendo dos presidenciales: Macri, en 2015, y Milei, en 2023).
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El show de reproches cruzados consolida una tendencia que se viene dando desde hace rato: la chimentización de la política. Particularmente los canales de cable, las redes sociales y los streamings se sienten muy atraídos por este tipo de escandaletes y les dedican creciente espacio. Los productores, contentos, porque al alimentar el fisgoneo morboso de una buena porción de la audiencia ven trepar el rating.
Si la actualidad política se ha expandido notablemente en la vidriera mediática en comparación con unas cuantas décadas atrás, lejos está de haberlo hecho por el lado del análisis serio. Muy por el contrario, tiende a nutrirse de los escarceos dudosos que enfrentan a políticos entre sí (inclusive, de una misma agrupación). Se han convertido en las nuevas “celebridades” de las pantallas, en lugar de los artistas, a quienes suplantaron. La farándula real debió refugiarse en los teatros y en las plataformas internacionales.
Por los ribetes de realismo mágico que destellan desde siempre en el peronismo (artistas catapultadas al máximo relieve político, como Eva Duarte y María Estela Martínez; figuras estrambóticas, como José López Rega; los ritos funerarios y macabros, y tanto más), sus “actores” van perdiendo inhibiciones y mudan su piel política por otra más estentórea, desafiante y escandalosa. Tal es el caso de Cristina Kirchner que lejos de tener un comportamiento aplomado y aportar al debate político como una estadista, prefiere comportarse como la peor de la clase. En vez de tramitar con gravedad, y algún grado de recogimiento, la pena que la tiene confinada en su casa, su esfuerzo continuo por mostrarse vigente y hacer notar cuánto la visitan, la degradan a una “enfant terrible”. La Justicia le impuso nuevas restricciones a su cómoda prisión domiciliaria. También está obligada a seguir virtualmente el juicio por las coimas de los cuadernos, del que es protagonista central.
Otra prueba cabal de la “chimentización de la política” es que la moradora de San José 1111 mandó a llamar a Jorge Rial, el number one de esa disciplina, para aclararle por qué bailó la noche de la derrota electoral en su balconcito. No está de más recordar que fue en el streaming Carnaval, del que Rial es pieza clave, donde estalló el escándalo de las coimas en la Agencia de Discapacidad, mediante un singular manejo de explosivos audios que incriminan a funcionarios del gobierno actual. De allí salió, para convertirse en una suerte de obsesivo mantra K, el supuesto 3% de comisión para Karina Milei.
En 2013, la entonces presidenta Cristina Kirchner eligió a Rial para que la entrevistara por la TV Pública. ¿De qué habrán hablado ahora? ¿Tramaron alguna travesura juntos? El rey de los chimenteros reveló que la convicta presidenta del PJ le expresó que quiere un presidenciable no peronista, aunque para “respetar el off” no dijo de quién se trataba. Un caballero.
Tanto CFK, como Alberto Fernández y su exesposa, transitan con sufrimiento el síndrome de abstinencia de notoriedad. Se niegan a dejarse envolver por el olvido y buscan repercutir como sea. El exmandatario, antes de enredarse virtualmente, una vez más, con Fabiola, hizo su sentido duelo en las redes por Dylan, el simpático collie que, según quedó documentado, fue el único ser vivo que miró tenso a la cámara de la malhadada foto de la cena en Olivos durante la pandemia, mientras los demás celebraban despreocupados el cumpleaños de la señora Yañez. La susodicha volvió a la Argentina, munida de una locuacidad mediática que se le desconocía: habló con Infobae, se sentó a la mesa de Mirtha Legrand y se sinceró con el chimentero cool Ángel de Brito. Menos bonito, a Fernández le dijo de todo. Él se defendió con uñas y dientes en Blender (donde se le reían en la cara), mientras era procesado en la causa Seguros.
Fabiola, por su parte, confirmó con mohines, sin mencionarla, que su ex había tenido cariñoso trato con Viviana Canosa, que también trabaja en Carnaval. Cristina tiene razón: “Todo tiene que ver con todo”. Y ya lo canta la inmortal Celia Cruz: “No hay que llorar, que la vida es un carnaval”.