El drama no está en la ley laboral, sino en el Estado que asfixia al empleador con cargas, tributos y burocracia.
Por Juan Pablo Chiesa, en diario Ámbito
Argentina vive atrapada en un loop donde se repiten las mismas palabras: “reforma laboral ”, “modernización”, “empleo”. Pero detrás de la pirotecnia discursiva se esconde una verdad incómoda: ninguna reforma laboral crea empleo. Ninguna.
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El empleo lo genera el que arriesga, el que invierte, el que abre un local o una fábrica. El derecho del trabajo regula el vínculo entre dos personas —empleador y dependiente—, no la creación mágica de puestos.
Hoy el empresario argentino no se levanta pensando en producir más, sino en cómo sobrevivir al día: cubrir el banco, pagar cargas sociales, evitar un embargo, o responder una intimación de AFIP.
Mientras tanto, el Estado se comporta como su socio más voraz, llevándose hasta el último peso.
Un empleador que paga 4 sueldos debe desembolsar 3,7 millones solo en cargas. Esa presión mata la iniciativa. Y si la política no se anima a discutir una reforma tributaria seria, no hay derecho laboral que alcance.
Argentina no crece porque el Estado le pisa la cabeza al que genera empleo.
Y mientras los legisladores discuten tecnicismos sin haber liquidado un sueldo en su vida, el país se sigue vaciando de empresas, de trabajo y de futuro.
Modernizar no es destruir derechos. Es entender que el siglo XXI exige reglas ágiles, acuerdos flexibles y menos miedo. Si seguimos castigando al que da trabajo, no habrá ni reforma ni revolución industrial que nos salve.
La reforma más urgente es laboral, pero también van de la mano de la tributaria, cultural y moral.
Mientras sigamos pensando que el que da trabajo es un enemigo, el país seguirá condenado a tener 11 millones de trabajadores en negro y apenas 6 millones de dependientes en blanco. La reforma empieza por la cabeza, no por el Boletín Oficial.
La Argentina no podrá generar empleo mientras no reduzca la carga fiscal que pesa sobre la nómina laboral.
La reforma laboral sin reforma tributaria es un discurso vacío.
La modernización del derecho del trabajo debe ser integral, técnica y honesta, si se pretende un país que vuelva a crecer con empleo digno y sostenible.