Un conjunto de circunstancias giran en torno a esta nueva geopolítica global. La relación Estados Unidos-China constituye su núcleo y condicionará la evolución de la política internacional.
Por Carlos Pérez Llana
Para Clarín
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El 30 de octubre y el 5 de noviembre constituyeron un punto de ruptura en la política internacional: los Estados Unidos y China declararon una tregua comercial, en el marco de la “Cumbre de Cooperación Asia Pacífico” celebrada en Corea del Sur, y días después el Partido Republicano sufrió una derrota electoral que aleja el escenario reeleccionista del presidente Trump.
En Corea estuvo en juego el dominio del espacio estratégico y económico global, y en los Estados Unidos las elecciones que consagraron la derrota de los Republicanos en Nueva York parecen haber clausurado los intentos continuistas del trumpismo.
En la Cumbre EE.UU-China se puso de manifiesto la pulseada en torno al acceso americano a las “tierras raras” que posee y procesa China, y el acceso chino a algunos sofisticados procesadores americanos.
En paralelo, el presidente Xi contaba con una “carta” adicional: la compra de soja americana. Esta agenda es un espacio de interdependencia notable: el volumen comercial entre ambos países alcanza los 600.000 millones de dólares.
Los microprocesadores que Pekín importa están vinculados a sus proyectos de Inteligencia Artificial y el 60% de las tierras raras que los EE.UU requieren se localizan en China, que además posee el 90% de la capacidad de refinamiento de estos elementos. Cabe recordar que esta pulseada diplomática se remontaba al mes de septiembre, cuando Trump lanzó su ofensiva arancelaria global.
En ese marco se puso en evidencia una verdad: el camino a la desvinculación comercial entre ambos países es muy largo y nada se había avanzado desde el encuentro Xi-Trump del 2019. Ahora ambas partes alcanzaron una tregua que durará al menos un año: Trump redujo los aranceles, China compra soja americana, exporta sus tierras raras y obtiene los procesadores del líder mundial Nvidia.
¿Alguien ganó? Más bien hubo empate, pero algunos Representantes Demócratas y antiguos colaboradores de Trump, como su Asesor de Seguridad Nacional Matt Pottinger, criticaron a la Casa Blanca. De la misma manera, en esos sectores se cuestiona la falta de compromiso con Taiwán, expresada en la denegación del permiso que solicitara el presidente de la Isla para hacer escala en los EE.UU rumbo a países centroamericanos que todavía reconocen a Taiwán y no a Pekín.
La política de acuerdos parciales es un hecho, pero a veces en Washington se los soslayan: hubo acuerdos con la empresa matriz de TikTok para desprenderse de las operaciones estadounidenses de esa red social, y todavía no culminó la negociación en torno a los puertos, incluido el canal de Panamá, porque Pekín insiste en que su empresa marítima Cosco participe de los acuerdos. Concluyendo, a cambio de suspender durante un año los controles a la exportación de tierras raras, Washington no aplicará nuevos aranceles. También se acordó reducir los existentes a cambio de un compromiso laxo de China para combatir el tráfico de fentanilo, un opioide sintético que afecta gravemente a los Estados Unidos.
En paralelo a esta agenda diplomática, núcleo de la política internacional, se celebraron en los EE.UU elecciones claves, destacándose el triunfo demócrata en Nueva York y en otros Estados. A partir de ese momento, el escenario de una nueva candidatura de Trump quedó descartado, y de inmediato en el Partido Republicano las opiniones se aglutinaron en favor del vicepresidente J.D. Vance, un dirigente que adhiere a un cristianismo agustiniano.
En su itinerario político-religioso ocupó un lugar central el empresario libertario Peter Thiel, fundador de PayPal, quien financió su campaña para convertirse en senador por Ohio. Esta doble conversión, religiosa e ideológica, la hizo bajo la inspiración de San Agustín, particularmente de su obra “La Ciudad de Dios”, donde Vance se inspira en sus críticas al libertinaje que anuncia la decadencia de las sociedades.
El itinerario del vicepresidente es semejante al de muchos jóvenes americanos que han seguido el mismo camino: del ateísmo al agustinismo. Allí coinciden con un conservadurismo moral, la pasión por la misa en latín y una visión tradicional del papel de la mujer, compartida también por algunos populismos de las derechas europeas.
El Santo de Hipona, nacido en el Norte de África, se planteaba cómo rehacer el Imperio Romano. La lectura actual de estos agustinianos alude a una “guerra cultural” para rescatar a Occidente. Para el Vicepresidente, sus ideas religiosas forman parte de la guerra cultural lanzada durante la gestión Trump, el mundo MAGA: Make America Great Again.
Paradójicamente, el actual Papa León XIV es también un americano agustiniano, pero no lee al Santo en clave anti-moderna, ni antiliberal ni anti-humanista. Algunos puntos de colisión ya se advierten: el tema migratorio, el medio ambiente y los derechos sociales.
Un conjunto de circunstancias giran en torno a esta nueva geopolítica global. La relación Estados Unidos/China constituye su núcleo y condicionará la evolución de la política internacional. El episodio electoral americano instaló una evidencia: el Partido Republicano próximamente inaugurará una etapa clave, la sucesión de Donald Trump. Mientras tanto, en China, todo confluye en el fortalecimiento del liderazgo del presidente Xi.