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Opinión y Actualidad

Un muro invisible cae en la Argentina (y se festeja haciendo fila)

De Victoria's Secret a Decathlon, se repiten las pequeñas multitudes frente a los locales de marcas internacionales que llegan a la Argentina.

12/11/2025

Por Gonzalo Abascal
Para Clarín

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Más de 3.000 personas hicieron fila desde la madrugada del sábado sobre la avenida del Libertador en Vicente López, y durante el día unas 10.000 recorrieron el recién inaugurado local de Decathlon, la cadena de artículos para el deporte que adelantó su horario de apertura para evitar el peligro de una aglomeración. El resultado fue un supuesto récord mundial de ventas durante el fin de semana, entre las más de 1750 tiendas en 74 países.

La noticia tuvo el tono de lo colorido y lo extravagante.

Sin embargo, una mirada detenida permite otras preguntas. ¿Qué impulsó a aquellos que esperaron durante horas? ¿Acaso sólo se trató de la búsqueda de precios bajos? ¿O de encontrar un par de zapatillas o un buzo deportivo especial?

Para intentar entenderlo vale remitirse a una descripción similar pero en otro tiempo y en otra ciudad.

El 31 de enero de 1990, dieciocho meses antes de la caída del muro de Berlín, McDonald's inauguró su primer local en Moscú, la capital de la Unión Soviética. Las crónicas cuentan que más de 30 mil moscovitas hicieron fila desde la madrugada alrededor de la plaza Pushkin para comer su primer Big Mac, símbolo del  capitalismo, y que las ventas alcanzaron un récord entre los locales de la cadena en todo el mundo. Los moscovitas, habituados a las colas por los racionamientos de mercaderías, no se quejaron. Y los precios, con el Big Mac a 3,75 rublos del momento, equipararon al menú con un restaurante de la clase alta.

Según los testigos, el desacople cultural era tal que los empleados debieron enseñar a los clientes que esas hamburguesas no se comían con cuchillo y tenedor, y que estaban diseñadas para una experiencia de "fast food".

La escena se repitió en Berlín, un año y medio más tarde, cuando apenas horas después de la caída del muro, el primer camión con Coca Cola llegó a la ciudad, y miles de berlineses se agolparon para consumir lo que representaba mucho más que una gaseosa.

La distancia entre los episodios es enorme, está claro. Aquellos hechos cambiaron al mundo y se registraron en las páginas trascendentes de la historia. Pero no se trata de pensar las dimensiones políticas profundas, sino de descubrir los puntos de contacto (no son pocos) que iluminan un pequeño núcleo común entre aquellas filas y ésta, entre aquella desesperación vital de los que ansiaban la libertad, y esta aspiración presente de los que simplemente buscan comprar algo.

Desde una posición crítica podría argumentarse que es sólo el deseo superficial de consumo de clases acomodadas.

¿Para comprar zapatillas, botines o una camiseta de fútbol? Ningún rico hace fila por un pantalón corto.

Nada está solucionado en la Argentina y otras demandas requieren ser atendidas. Las pequeñas multitudes ávidas de productos hasta ahora lejanos expresan más las limitaciones -que ya parecían naturales- del pasado (con un grupo de beneficiados), que las posibilidades de la  actualidad.

Pero el muro de una economía cerrada empezó a agrietarse. Y no hay que buscar ni en la teoría económica, siempre técnica, ni en las decisiones administrativas, lo que eso significa en realidad. Se advierte con sólo mirar sin prejuicio algunas filas.

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