El resultado de las elecciones dará respuesta a una incógnita medular: cuánta paciencia está dispuesta a tenerle la sociedad a un programa que muestra una parte de éxito, la caída en la inflación, pero tiene pendiente la recuperación de los ingresos y el empleo.
Por Francisco Olivera, en diario La Nación
La elección de la semana próxima develará para el Gobierno bastante más que lo obvio en una contienda legislativa, el número con que contará en el Parlamento para hacer reformas. Ya Milei anticipó anteayer que el mínimo necesario sería el tercio de diputados que le permita “defender las medidas”, y algo parecido había dicho horas antes Scott Bessent, secretario del Tesoro norteamericano. No parece tanto: son 86 bancas, un umbral al que La Libertad Avanza podría llegar con la colaboración de Pro. Pero el resultado del 26 de octubre le dará también respuesta a una incógnita más abarcadora y medular: cuánta paciencia está dispuesta a tenerle la sociedad a un programa que hasta ahora muestra una parte de éxito indudable, la caída en la inflación, pero que tiene todavía pendiente una mayor recuperación de los ingresos y el empleo.
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Es lo que, con su estilo brutal, Donald Trump estaba diciendo en la conferencia de prensa del martes. Si Milei fracasa, esta ayuda no tendrá para Estados Unidos mucho sentido. Y eso excede el plazo de una votación que, según cómo se haga el recuento, puede hasta tener un resultado ambiguo. La verdadera pregunta es si Milei estará realmente en condiciones de hacer una transformación que le permita a la Argentina volver a ser competitiva, algo que estará por verse incluso si el oficialismo obtuviera en las urnas un triunfo importante. Por eso, la Casa Blanca no se quedó en el pedido de vocación dialoguista al Gobierno: también ausculta últimamente los bloques con los que Milei deberá interactuar. Parte de la corrida cambiaria de estas semanas se explica en los proyectos de la oposición que se transformaron en ley.
Barry Bennett, el lobista norteamericano que opera sobre la Casa Rosada a través de Santiago Caputo, quiso saberlo de primera mano en el encuentro que tuvo la semana pasada en un departamento de Puerto Madero con Cristian Ritondo, Rodrigo de Loredo y Miguel Pichetto. La conversación era a priori un desafío para los cuatro. Y no solo porque no se conocían: la oposición dialoguista está también en campaña, cada sector tiene agenda propia y, en algunos casos, malas relaciones personales con el Gobierno. Todo contacto con Bennett requiere además de una dosis de fe: hay que interactuar con un dirigente de innegables vínculos con el partido republicano, pero que no es ni siquiera funcionario. “Nene, ¿nos vamos a reunir con Benny Hill?”, bromeó Pichetto antes de entrar.
Bennett quería saber cómo veían la situación y escuchó a cada uno. Les expuso además, de manera taxativa, la necesidad que tiene Trump de que a Milei le vaya bien. ¿Qué significa bien? Eso no se define con el conteo de la elección, fecha a partir de la cual el oficialismo estará obligado a interactuar con el Parlamento y, por lo tanto, a recomponer nexos rotos desde la aprobación de la Ley Bases. Tabula rasa. Anteayer, en la entrevista con Esteban Trebucq en LN+, Milei elogió, por ejemplo, al gobernador Pullaro.
La revisión deberá ser probablemente amplia. Y no solo con los adversarios sino también con los propios. El Gobierno necesita darles coordinación a sus equipos de trabajo después de 9 leyes adversas en pocas semanas: fue su propia interna la que afectó también sus negociaciones dentro del Congreso. Hace tiempo que, por ejemplo, Martín Menem piensa que alguien del Poder Ejecutivo demora o incumple lo que él promete a sectores afines. Hasta Macri está preocupado por estos desencuentros. “¿Vos ayudaste a Santi Caputo para la votación de los DNU?”, le preguntó anteayer a Ritondo. El diputado le contestó que sí, que había facilitado conversaciones porque hay dirigentes como De Loredo que, dijo, no están en buenos términos con los Menem. “No te metas en esa interna”, le aconsejó Macri.
La falta de cohesión libertaria no se aplacó ni siquiera durante las negociaciones en Washington. “Lo único que me falta es preocuparme por un tuitero”, reaccionó esta semana el canciller Gerardo Werthein, consultado sobre un cuestionamiento público que Daniel Parisini, el Gordo Dan, le había hecho por no haber previsto el imponderable de la advertencia de Trump sobre las elecciones, una declaración que desplomó el martes el precio de los bonos.
Las divergencias afloraron también en las conversaciones por los aranceles y la relación comercial con Estados Unidos. Uno de los requisitos de la Casa Blanca es que la Argentina instrumente una normativa de mayor resguardo a la propiedad intelectual y la innovación en la industria farmacéutica. En concreto, que se derogue una resolución que firmaron en 2012 dos ministros de Cristina Kirchner, Juan Manzur y Débora Giorgi, y que establece pautas de patentamiento para medicamentos. Esta reglamentación, que hizo caer desde entonces 60% los registros de nuevos productos farmacéuticos y que favorece la fabricación de biosimilares, divide desde enero a varios funcionarios de Milei. No es lo mismo lo que piensa Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación, quien redactó el decreto para eliminar la resolución tal como exige Estados Unidos, que Mario Lugones, de Salud, en cuyo ministerio quedó cajoneado durante varios meses ese borrador. Y tampoco piensan igual Luis Caputo, jefe del Palacio de Hacienda, y su par Werthein, de buena relación con empresarios de la industria farmacéutica.
Los laboratorios argentinos creen que la modificación de la regulación impactará de manera negativa en el negocio. Es probable que vayan a la Justicia. Lo harán sobre la base de un fallo de la jueza Silvina Andrea Bracamonte, que rechazó hace dos jueves un planteo de inconstitucionalidad de 24 farmacéuticas internacionales contra aquella resolución de Manzur y Giorgi. Será un giro drástico del sector: hace dos meses y medio, el 1° de agosto, los grupos Elea, Bagó y Roemmers habían publicado en el Washington Post una pieza comercial muy elogiosa del Gobierno. Empezaba con una frase de Milei: “No hay alternativa a un ajuste de shock. No hay plata”.
Casi una profecía del pedido a Bessent. Ahora, lo más probable es que la letra chica reconfigure la relación de Milei con el sector. A las convicciones ideológicas del equipo económico debería agregarse la necesidad y la magnitud del rescate. Solo los 20.000 millones de dólares del swap que estarán a disposición del país para pagar deuda exceden los vencimientos que tendrá en todo 2026, unos 16.000 millones, y hasta se acercan bastante al total de bonos globales argentinos en Nueva York, estimado en alrededor de 35.000 millones. Ni hablar si aparecen los otros 20.000 millones que Bessent gestiona con los bancos JP Morgan, Bank of America, Goldman Sachs, Citigroup y Santander.
En condiciones normales, eso debería volver atractivos los bonos y desplomar el riesgo país. Pero el mercado no termina de creer. Por eso reacciona ante una frase de Trump. La duda no es tanto el programa de Milei como algo anterior y más complejo: cuánto electorado está dispuesto a acompañarlo.