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Opinión y Actualidad

Los 17 de Octubre: el peronismo, entre tradiciones y renovaciones

Los caminos recorridos y los desafíos actuales, a 80 años de su instalación en el centro de la escena política nacional.

17/10/2025

Por Roy Hora
Para Clarín

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No existe fuerza política más consciente de su arraigo en la historia nacional que el peronismo. El partido fundado por el coronel Perón suele evocar su pasado como parte inescindible del tejido de la sociedad argentina. Más que un mero representante del pueblo, es el pueblo mismo hecho partido, carne y uña con la historia nacional.

En esta manera de concebir su lugar en la historia, el 17 de Octubre de 1945, del que hoy se cumplen 80 años, ocupa un rol estelar. La jornada que celebra la promesa de lealtad entre Perón y los trabajadores no solo representa el mito de origen del movimiento popular de mayor gravitación de nuestro país. La conmemoración es importante para la comunidad justicialista porque reactualiza la promesa peronista de grandeza nacional y justicia social.

Ese entronque con la historia nacional le dio a la dirigencia peronista un especial sentido de destino y una gran confianza en sí misma, que la ayudaron a navegar con éxito las grandes alteraciones del paisaje socio-político de las últimas siete décadas. Al punto de hacer del justicialismo una de las organizaciones partidarias más longevas de América Latina.

Incluso antes de que se volviera habitual hablar de crisis de representación y de ocaso de los partidos políticos, todos los grandes líderes latinoamericanos contemporáneos de Perón —Getulio Vargas, José Eliécer Gaitán, Salvador Allende y Alfredo Stroessner—, hoy son figuras espectrales, cuyos triunfos y glorias pocos recuerdan.

En cambio, el nombre de Perón sigue despertando enconos y, sobre todo, adhesiones y esperanzas. Al menos por ahora, y en cuotas cada vez más módicas, porque el entumecido justicialismo de nuestro tiempo enfrenta el desafío de renovarse o degradarse como fuerza popular.

El rechazo que la política de Milei provoca en medio país puede llevar a pensar que, olvidada la fracasada experiencia de gobierno de 2019-23, el peronismo ha recuperado legitimidad. Incluso puede hacer crecer entre los peronistas la esperanza de reconquistar la Casa Rosada en 2027.

Sin embargo, si éste es el caso, de no mediar una renovación de fondo de ideas y proyectos, lo más probable es que el peronismo sólo pueda conducirnos hacia otra gran frustración.

La renovación no es una palabra ajena al vocabulario y la tradición peronistas. En momentos cruciales de su historia el justicialismo abrazó el cambio. De hecho, su vínculo privilegiado con la historia nacional, que en ocasiones fue un obstáculo para cambiar, en coyunturas críticas funcionó como reaseguro y estímulo para innovar.

El primer renovador fue el propio Perón. En 1945-1946 fue el timonel del arriesgado giro que transformó una dictadura reaccionaria y antipopular en un proyecto que sedujo a vastos sectores del mundo del trabajo con la promesa de una nueva era de justicia social. Y en su segundo gobierno, Perón tuvo la osadía de abandonar el nacionalismo económico, estimulando el arribo de capitales norteamericanos que el país requería para dinamizar su anémica economía.

El golpe de 1955 no trajo el fin del peronismo sino una larga peregrinación en el desierto, que lo mantuvo congelado mientras la sociedad se transformaba al calor del cambio sociocultural y el ascenso de las clases medias.

En 1973, un Perón anciano y falto de sintonía con la textura de ese nuevo país volvió al poder, pero sólo para contemplar el sangriento espectáculo de un peronismo y un país divididos contra sí mismos.

El reverdecimiento del peronismo fue obra de Antonio Cafiero y Carlos Menem. Desafiando arraigadas ortodoxias, encararon la primera gran renovación de una fuerza entonces anquilosada, promoviendo una visión de la democracia (Cafiero) y de la economía (Menem) que se propuso situar al justicialismo a la altura de los tiempos.

La experiencia del peronismo pro-mercado terminó frustrándose en la larga recesión del cambio de siglo, y entonces vino otro cambio de piel del justicialismo. Una fracción partidaria hasta entonces muy periférica llegó a la Casa Rosada, repudió el giro hacia el mercado y volvió a abrazar el ideario estatista y proteccionista.

También propuso una idea de pueblo más rica y plural, más atenta a su diversidad constitutiva, que sin embargo quiso encajar dentro del marco unanimista tan familiar a la imaginación política justicialista.

Aunque fue incapaz de renovar su visión del ideal democrático que debe alojar y dar voz a una sociedad compleja, su verdadero talón de Aquiles fue su proyecto económico. El proyecto proteccionista y estatista del Perón de 1946 no desentonaba con su tiempo.

Su reedición en el siglo XXI, en cambio, pronto se reveló arcaica y contraproducente, al punto de que terminó hundiendo al país en una larguísima recesión, que todavía nos acompaña. El daño que causó a las clases populares fue inmenso.

Ese peronismo del fracaso todavía está con nosotros, reacio a cualquier revisión sobre sus corruptelas, cegueras y limitaciones. Hoy, 17 de Octubre, su voz volverá a escucharse, proclamando su derecho a conducir los destinos del país.

Pero la referencia al vínculo entre Perón y sus seguidores también evocará la promesa, más elevada, referida al horizonte de progreso nacional y desarrollo personal que por largo tiempo tanto sedujo a las mayorías. En una nación castigada por demasiadas frustraciones, la gran promesa peronista sólo podrá realizarse si sus intérpretes actuales tienen el coraje de renovar su mensaje y su propuesta.

Los recursos para encarar esta tarea están disponibles en su propia tradición, fiel al viejo ideal pero también abierta a la innovación. El tiempo corre, porque el lazo entre peronismo y pueblo no está tallado en piedra. Sólo si acepta el desafío de renovar su visión de la economía y del país, el peronismo podrá reverdecer sus laureles y volver a reivindicar legítimamente su lugar de privilegio en la historia nacional.

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